
La botica y huerta del monasterio de As Ermitas es uno de esos testimonios que dicen mucho de cómo las comunidades religiosas convertían la austeridad en saber práctico. El santuario se encarama sobre las paredes graníticas del cañón del Bibei, y no era solo un lugar de oración. También era una pequeña economía autosuficiente: las plantas cultivadas y recolectadas en las laderas ourensanas curaban cuerpos mientras la fe alimentaba almas. En este artículo recorremos ese legado de ciencia monacal, aromas de tomillo y romero, y huertas escalonadas que hoy todavía se intuyen entre los roquedales de Trives.
As Ermitas: un monasterio eremita en el cañón del Bibei
El Santuario de As Ermitas, en el concello de A Pobra de Trivariz (A Pobra de Trives), debe su nombre a las cuevas-ermita que los primeros ermitaños excavaron en la roca entre los siglos VII y VIII. A mediados del XVI llegaron los franciscanos, que reformaron el conjunto a fondo y le dieron la iglesia barroca y el claustro que hoy admiramos. ¿La ubicación fue casual? Nada de eso. El aislamiento absoluto, el silencio del cañón y el agua del Bibei cerca eran condiciones ideales para la vida contemplativa. Y también para el cultivo.
Los monjes aprovechaban cada palmo de terreno. En las terrazas naturales del risco instalaban bancales a cubierto del viento, y las cuevas originales seguían sirviendo como celdas de retiro. Visitantes como el viajero romántico del siglo XIX ya describían la sensación de llegar a un lugar suspendido entre cielo y abismo, con la lauda del santuario casi volada sobre el río. Ese carácter vertical y erosionado explica tanto la espiritualidad del sitio como la ingeniosidad agrícola de quienes lo habitaban.
Consejo práctico: el acceso desde la OU-622 está señalizado desde Trives; la carretera de montaña es estrecha pero está en buen estado. Llegar temprano permite disfrutar del silencio y de la luz dorada del amanecer sobre el cañón.
La botica y huerta del monasterio: el corazón de la vida cotidiana
En un convento aislado durante meses por la nieve invernal, la botica y huerta del monasterio no eran un lujo. Cuestión de supervivencia, más bien. La regla franciscana imponía la autosuficiencia, y eso se traducía en un sistema de producción nada sencillo: legumbres, hortalizas de raíz, frutales y, sobre todo, un huerto de plantas medicinales ordenado con cuidado según el saber herbolario medieval que iba pasando de monasterio en monasterio.
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Ver planes de email →De la huerta salían repollos, cebollas, puerros y habas para sostener la frugal mesa conventual; castaños, manzanos y ciruelos completaban la dieta. La botica era otra cosa. Allí trabajaba el hermano encargado (a menudo el más letrado de la comunidad), que secaba, troceaba y conservaba hierbas, preparaba ungüentos, jarabes y aguas destiladas. No atendía solo a los frailes: la gente de los alrededores subía al monasterio buscando remedios, y así As Ermitas se convirtió en referente sanitario de la comarca de Trives durante siglos.
- Función asistencial: los frailes atendían a peregrinos y vecinos con sus preparados medicinales.
- Función pedagógica: el saber herbolario se transmitía entre generaciones de religiosos.
- Función económica: el intercambio de remedios y hortalizas mantenía vínculos con las aldeas vecinas.
Tres funciones, un mismo lugar. Por eso la botica monacal fue mucho más que un cuarto con tarros: fue una institución al servicio de la comunidad rural gallega.
Plantas medicinales y remedios: la farmacia de los monjes
El catálogo vegetal de una botica como la de As Ermitas mezclaba el cultivo hortícola con la recolección en el monte de alrededor, riquísimo en especies aromáticas y medicinales del sotobosque atlántico y de las laderas soleadas del cañón. Entre las plantas más habituales en estos gabinetes de salud monacales:
- Romero y tomillo: para infusiones digestivas y antisépticos; crecían espontáneamente en los roquedales soleados del Bibei.
- Salvia: la «hierba sagrada» de los monasterios, usada en gárgaras y cataplasmas.
- Manzanilla: imprescindible para calmar molestias digestivas y oculares.
- Malva y llantén: emolientes tradicionales para heridas e irritaciones.
- Hinojo: sus semillas aromatizaban aguardientes y preparaban remedios carminativos.
- Saúco: flores en infusión contra los catarros del duro invierno trivés.
Conservar bien era tan importante como cultivar. Secado a la sombra, almacenaje en cerámica y vidrio, destilación de aguardientes medicinales aprovechando la vieja tradición destilatoria gallega. El hermano boticario anotaba fórmulas y proporciones en recetarios que se copiaban y transmitían; auténticos tesoros de conocimiento, popular y científico a la vez.
¿Se puede visitar alguna huerta o botica en As Ermitas hoy?
El santuario conserva su estructura barroca y las célebres cuevas-ermita, visitables libremente en horario diurno. Del ajuar de la botica original no queda nada, cierto. Pero la visita al conjunto permite imaginarse la vida cotidiana de los frailes entre huertas y roquedales.
Conocer esta dimensión práctica del monasterio enriquece cualquier visita a As Ermitas. El santuario se entiende mejor no como pieza de museo sino como un microcosmos donde fe, naturaleza y saber curativo convivieron durante siglos.
La huerta del cañón: cultivos, riego y autosuficiencia
Vivir en As Ermitas exigía ingenio. El cañón del Bibei es generoso con las vistas y avaro con las tierras llanas, así que a los monjes no les quedó otra que doblar las laderas en terrazas de cultivo (los socalcos), que aún se intuyen en la orografía si uno se fija bien. En aquellos bancales, protegidos del viento y caldeados por un microclima más suave de lo que cabría esperar a esa altitud, crecía la huerta de autoconsumo: repollo, grelos, cebolla, puerro, habas y patatas. La base, vaya, de la cocina monacal gallega. Tampoco faltaban los frutales —cerezo, castaño, manzano y peral— ni la vid, que daba el vino para la mesa y para el oficio.
Pero la clave de todo era el agua. Una red de regatos y canales desviaba el caudal de los manantiales de la sierra hacia las parcelas, con albufeiras y represas hechas a mano que regulaban el goteo según la época. Ese saber hidráulico, pasado de frailes en frailes y de vecinos en vecinos de Ourense y A Pobra de Trives, funciona hoy casi como una lección anticipada de agricultura sostenible. Se puede ver caminando. Solo hace falta mirar.
La huerta, además, no era solo despensa. Era laboratorio. Entre verdura y verdura crecían hierbas medicinales y aromáticas que abastecían la botica, de modo que cultivo y curación quedaban atados en el mismo círculo. Con ese grado de autosuficiencia el monasterio aguantaba inviernos duros, nieblas que cortaban los caminos durante semanas. Sin salir de casa. Sin depender de nadie.
Qué visitar hoy: la botica, el claustro y el mirador
Quien sube hoy al santuario de As Ermitas todavía puede palpar algo de aquella vida de retiro y trabajo. Estos son los imprescindibles:
- La antigua botica: conserva alacenas y estanterías originales donde se guardaban los frascos de preparados vegetales. Detente en las etiquetas, en los nombres grabados. Es, literalmente, un catálogo vivo de la farmacopea tradicional gallega.
- El claustro barroco: el corazón del monasterio. Galerías porticadas de granito y una serenidad que invita, casi obliga, al silencio. Las celdas y la capilla completan el recorrido interior.
- El mirador del cañón: desde ese balcón natural del santuario se contempla uno de los paisajes más espectaculares de Galicia, con el Bibei serpenteando cientos de metros más abajo. Para los que van con cámara: la luz del atardecer lo cambia todo.
Consejos prácticos: se accede desde Ourense capital por la OU-536 en dirección A Pobra de Trives, tomando después la carretera local que sube al santuario (unos 50 minutos en coche). El recinto es de acceso libre durante el día, aunque conviene verificar horarios en épocas festivas o de celebraciones religiosas. Y lleva calzado cómodo, por favor: los senderos de la Ruta do Cantón y los pasadizos de piedra tallada en la roca piden una caminata adicional que merece la pena. ¿Cuándo ir? Primavera u otoño, cuando el cañón combina nieblas matinales con colores intensos.
Conclusión: un legado de saber y silencio en As Ermitas
La historia de la botica y huerta del monasterio de As Ermitas es, en el fondo, la historia de una forma concreta de habitar el territorio: con respeto, conocimiento y mucha paciencia. Aquellos monjes que subían las terrazas del cañón del Bibei a recoger grelos o romaní no se sostenían solo a sí mismos. Sostenían a las comunidades vecinas, curaban a los enfermos de la comarca y transmitían un saber que hoy, con otro nombre, llamamos etnobotánica.
Por eso visitar este santuario del sur de Ourense va más allá de contemplar patrimonio barroco. Significa adentrarse en un legado de silencio y trabajo donde la fe se demostraba con las manos en la tierra. El cañón sigue rugiendo bajo los roquedales. Las hierbas vuelven a crecer entre las piedras. Y el viajero atento puede, todavía hoy, escuchar el eco de aquella vida entregada al cuidado del cuerpo y del alma.
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