
La romanización de Gallaecia dejó en el sur de la provincia de Ourense huellas que, siendo honestos, no tienen rival en el noroeste peninsular. Y el cañón del Bibei, justo a los pies del Santuario de As Ermitas, es quizá el mejor sitio para leerlas en primera persona. Todavía se conserva un tramo de calzada empedrada entre los pinares. Quedan miliarios con inscripciones casi legibles (casi; con paciencia y buena luz). Y la propia geografía del valle explica por qué Roma eligió este corredor para entrar en Galicia desde la meseta. Quien suba al mirador del santuario no está solo contemplando un paisaje de vértigo: está mirando una autopista de hace dos mil años.
As Ermitas y el Bibei: un paisaje clave en la romanización de Gallaecia
El monasterio de As Ermitas se asoma a uno de esos pasos naturales que decidieron la conquista y organización romana del noroeste. El Bibei, bajando desde Trives hacia Viana do Bolo, abre un cañón profundo que funcionó como puerta de entrada desde el nordeste, uniendo Asturica Augusta (Astorga) con Bracara Augusta (Braga). Las legiones primero. Después los comerciantes y los mineros, que probablemente siguiendo caminos castrexos anteriores encontraron aquí la vía más viable para cruzar la montaña ourensana.
Pero la romanización no fue solo cosa de militares. Trajo urbanismo, derecho, lengua, culto. En las proximidades abundan los testimonios: el miliario que los vecinos del lugar siguen llamando «a pía do cabalo», la necrópolis y las termas romanas de Aquae Quintianas (A Cova), o los castros del entorno de Viana do Bolo, varios de ellos con niveles de ocupación tardorromanos. El santuario actual, barroco y devoto, se levanta además sobre un pasado sagrado más antiguo. El paisaje guarda memoria de cultos previos a la cristianización, aunque cueste verlo a primera vista.
Consejo práctico: desde el aparcamiento del santuario, la bajada a pie hasta el río por el sendero de la calzada no llega a los 40 minutos. Lleva calzado de suela gruesa. El empedrado original, espectacular, se vuelve traicionero con humedad.
La calzada romana del Bibei: la Vía Nova a su paso por el cañón
La Vía Nova, o Vía XVIII del Itinerario de Antonino, conectaba Braga con Astorga atravesando Trives, A Cova y el valle del Bibei. Se construyó y restauró entre los siglos I y III d. C., y la comarca conserva uno de sus tramos mejor documentados del noroeste. Hay miliarios que citan a emperadores como Caracalla o Decio; auténticos carteles viarios de la Antigüedad, tallados en granito.
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Hosting WordPress →- Tramo visitable: el que va de As Ermitas a A Cova discurre en pendiente junto al río, con escalones y bóvedas de desagüe aún visibles.
- Miliarios: algunos ejemplares se conservan in situ; otros están en el Museo Provincial de Ourense.
- Duración de la visita: entre 1 y 2 horas ida y vuelta desde el santuario, si haces paradas para descifrar las inscripciones (las harás).
Si quieres profundizar, combina la visita con la lectura del Itinerario de Antonino. Hay algo adictivo en situar cada mansio del recorrido mientras caminas sobre los mismos cantos rodados que pisaron legionarios, arrieros y mineros.
El oro de las Médulas y la economía romana en la comarca de Viana
¿Por qué tanto empeño en abrir un paso por un cañón casi infranqueable? La respuesta tiene nombre: oro. Las Médulas, a poca distancia por el corredor del Bibei-Sil, fueron la mayor mina aurífera a cielo abierto del Imperio, y todo el territorio de la actual comarca de Viana quedó integrado en su radio logístico. Por el cañón bajaban tropas, alimentos, herramientas. Y en sentido inverso, el preciado metal rumbo a Roma.
La explotación minera intensiva también transformó la sociedad local. Poblaciones castrexas como la de San Cibrao de Las se reorganizaron en torno a la nueva economía imperial, y topónimos y restos de la zona revelan asentamientos estables vinculados al control del tránsito fluvial. Caminar hoy por As Ermitas es, en cierto modo, recorrer un paisaje industrial romano donde la naturaleza acabó recuperando el mando. No es poca cosa.
Castros y mansio: del asentamiento castrexo al mundo romano
Antes de que las legiones cruzaran el Bibei, estas tierras ya estaban habitadas. Comunidades castrexas que elegían los mismos afloramientos graníticos y los mismos pasos de río que después aprovecharían los romanos. En el entorno de As Ermitas y la comarca de Viana do Bolo se conservan restos de castros que cuentan esa transición, y es fascinante: poblados de origen prerromano que, tras la conquista, fueron adoptando cerámica torneada, moneda, nuevas técnicas metalúrgicas y patrones de asentamiento más abiertos hacia los valles y las vías de comunicación.
La romanización de Gallaecia no fue una sustitución. Fue una fusión. Las élites locales acabaron integrándose en el sistema imperial, y muchos castros se transformaron en vici o en pequeñas explotaciones agrarias. Cerca del cañón, la hipótesis más extendida sitúa un punto de vigilancia y descanso vinculado a la vía XVIII: una posible mansio, una estación intermedia donde los viajeros del cursus publicus cambiaban cabalgaduras y los mercaderes de la pólvora dorada —el propio oro del Bibei— descansaban antes de afrontar el tramo de montaña.
- Consejo práctico: el castro de San Cibrao, en el entorno de Ourense, es una visita complementaria inmejorable para entender el proceso. Está a menos de una hora en coche de As Ermitas.
- En el propio santuario: fíjate en los sillares graníticos reaprovechados en muros y escalinatas. La tradición local atribuye a algunos de ellos un origen antiquísimo, quizá anterior a la propia ermita.
- Ruta recomendada: el sendero que desciende hacia el Bibei discurre en parte sobre lo que pudo ser camino de servidumbre de época romana. Media jornada, con vistas espectaculares al cañón.
Y la toponimia completa el rompecabezas: nombres de lugar con raíces latinas conviven con otros de origen castrexo en el municipio. Testimonio escrito de un mestizaje que duró siglos.
Del legado romano al santuario barroco: continuidad de un lugar sagrado
Hay lugares donde lo sagrado se acumula en capas. As Ermitas es uno de ellos. Los pueblos galaicos rendían culto a divinidades vinculadas al agua y a las gargantas fluviales; con la romanización, ese culto se sincretizó con dioses como el propio Bibei, que algunos investigadores relacionan con teónimos indígenas recogidos en aras votivas de la zona. Cuando llegó el cristianismo, no casualmente se eligió este paraje abrupto y dominante sobre el río para levantar primero un núcleo eremítico y, después, un santuario monumental.
La construcción barroca que admira hoy el visitante —el balcón volado sobre el cañón, la escalinata procesional, las capillas encaramadas a la roca— dialoga con ese pasado milenario. La piedra del país. Los mismos oteros. El mismo vértigo sobre el agua. Cada agosto, la romería reactualiza un patrón de peregrinación que quizá ya existía en época prerromana, cuando las comunidades de la comarca subían a estos puntos elevados para sus cultos estacionales. ¿Casualidad? Difícil.
Para el visitante interesado en esa continuidad, conviene:
- Observar la orientación del conjunto hacia el este y el río, un rasgo que comparte con antiguos lugares de culto.
- Visitar el pequeño espacio expositivo del santuario, donde se explican las etapas constructivas del complejo.
- Combinar la visita con la ruta de los molinos y los pasillos de granito de la zona, un paisaje humanizado desde hace dos milenios.
Conclusión: por qué visitar As Ermitas es viajar a los orígenes de Gallaecia
As Ermitas no es solo un santuario barroco de postal. Es un libro de piedra abierto sobre el cañón del Bibei donde se pueden leer, capa a capa, los orígenes de Gallaecia. El poblador castrexo que eligió el otero, el minero romano que redirigió el cauce del río, el ermitaño medieval que buscó el silencio y el cantero barroco que lanzó un balcón hacia el abismo. Todos dejaron su huella en este mismo punto del mapa.
Visitar el santuario con esa mirada transforma una excursión en una experiencia patrimonial profunda. Algunos datos prácticos: el recinto está en el municipio de Viana do Bolo, a unos 45 minutos de Ourense capital por la OU-622, y el acceso final está perfectamente señalizado. Puede visitarse libremente todo el año, aunque las mañanas dan la mejor luz para fotografiar el cañón; en verano, la romería de agosto ofrece la vertiente más viva de la tradición. Y si queréis completar el itinerario —de la Edad del Hierro al Barroco en un mismo viaje—, combinad la visita con el castro de San Cibrao de Las, la villa termal de Ourense o el patrimonio arquitectónico de Viana do Bolo.
Pocos rincones de Galicia condensan tantos milenios en tan pocos metros cuadrados. Quien camina hasta el balcón de As Ermitas y contempla el Bibei serpenteando en las profundidades no está solo ante un paisaje de ensueño: está frente a la cuna misma de la identidad galaica, esculpida por el agua, el granito y la fe de las generaciones que nos precedieron. La romanización de Gallaecia fue solo uno de los capítulos. Pero sin él, nada de lo demás habría sido igual.
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