Herencia digital: qué hacer con perfiles de un fallecido

Herencia digital: qué hacer con perfiles de un fallecido

Cuando se va alguien querido, los trámites se vuelven más complejos de lo que nadie espera. No solo hay que ocuparse de papeles y pertenencias físicas, sino de un mundo invisible que late tras la pantalla: sus cuentas, sus fotos, sus mensajes. La herencia digital no es un tema que se enseñe en las escuelas, pero hoy es tan real como el resto del legado. No hablo de algo técnico, sino de un acto de humanidad: decidir qué hacemos con lo que queda cuando alguien se nos adelanta.

¿Se puede heredar algo que ni siquiera tocamos?

Sí, y duele más de lo que parece. Imagina que tu padre guardaba cientos de fotos en Google Fotos, cada una con un recuerdo de cuando eras pequeño. O que tu hermana tenía un blog donde volcaba sus reflexiones más íntimas. Eso no es un archivo cualquiera. Son rastros de vida, pedazos de una historia que no queremos perder. Pero también hay cosas que no deben quedarse ahí, flotando en internet como fantasmas. Una cuenta bancaria online sin cerrar puede convertirse en un dolor de cabeza para los herederos. Un perfil activo de alguien fallecido puede ser utilizado por terceros con malas intenciones.

El problema no es solo la burocracia. Es que, en muchos casos, ni siquiera sabemos por dónde empezar. ¿Quién tiene derecho a acceder? ¿Qué pasa con las suscripciones que siguen cobrando? Lo que para unos es ruido digital, para otros es memoria pura. Y ahí está la clave: la herencia digital no es un trámite, es un duelo en versión 2.0.

Lo que nadie te cuenta sobre borrar (o no) los perfiles

Cada red social tiene su propio laberinto. Facebook, por ejemplo, te permite convertir el perfil en un memorial. Esa opción tan pulida puede ser un bálsamo para algunos, pero una tortura para otros. Yo he visto familias divididas por esa decisión. Un hermano quería mantener la cuenta abierta para ver los recuerdos, mientras que la hermana mayor prefería borrarlo todo de golpe. No hay una fórmula mágica. Solo hay que preguntarse: ¿qué necesita ver cada uno para seguir adelante?

Y no hablemos de los correos electrónicos. Allí pueden estar contratos pendientes, fotos que nadie más tiene, o incluso passwords de cuentas que no sabíamos que existían. El otro día, una mujer me contó que encontró en el correo de su madre una suscripción a una revista que llevaba décadas activa. El banco seguía cobrando 5 euros al mes por algo que nadie leía. Pequeñas cosas así, acumuladas, pueden ser una carga innecesaria en un momento ya de por sí difícil.

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¿Qué plataformas no perdonan ni un error?

  • Twitter (ahora X): Si no actúas rápido, la cuenta sigue visible. Y en algunos casos, pueden aparecer mensajes de condolencia que se convierten en memes macabros. No es ficción, pasa.
  • LinkedIn: Alguien murió en mi círculo hace unos meses. Su perfil seguía allí, como si nada, durante semanas. Hasta que un conocido le escribió un mensaje de felicitación por su cumpleaños. Imagina el golpe.
  • Google: Aquí el tema se pone feo. Tienen un sistema para «cuentas inactivas», pero si no lo configuras antes, los herederos pueden perder acceso para siempre. Y eso incluye documentos, fotos… todo.

Un consejo que me dio hace años un notario: Revisa la bandeja de entrada del correo del fallecido. No solo por lo obvio (facturas, contratos), sino por lo que dice de la persona. Hay veces en las que esos mensajes son la última voz que nos queda de ellos. Y eso no tiene precio.

¿La ley nos protege o nos deja en evidencia?

En teoría, la ley está de nuestro lado. El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) dice que los herederos pueden acceder a los datos personales del fallecido, siempre que no haya una voluntad expresa en contra. Pero en la práctica… cada banco, cada plataforma, cada empresa tiene su propia interpretación. Un familiar mío tuvo que presentar tres veces el certificado de defunción para cerrar una cuenta de Amazon con una suscripción mensual. Tres veces. ¿Y si el fallecido tenía ahorros en una cuenta PayPal? Ni siquiera sabía que eso era posible hasta que tuve que lidiar con ello.

Por eso, lo mejor es prevenir. Si aún estás a tiempo, haz un testamento digital. No tiene que ser un documento notarial, pero sí claro. Por ejemplo:

  • «Quiero que mi perfil de Instagram se convierta en memorial.»
  • «Pide a mi familia que borre mi cuenta de Twitter tras mi muerte.»
  • «Accede a mi correo para cancelar las suscripciones, pero no borres los correos personales.»

No es algo que se haga de un día para otro. Pero cuando llega el momento, agradeces haberlo pensado.

Cuando el algoritmo se convierte en un fantasma

Hay algo que duele especialmente: los servicios de inteligencia artificial. Imagina que tu madre utilizaba Siri o Alexa para recordarle citas médicas. ¿Qué pasa con esos datos después? ¿Se borran? ¿Quedan ahí, como una sombra que repite sus últimas peticiones? No hay respuestas claras. Amazon, por ejemplo, permite cerrar cuentas, pero no garantiza la eliminación total de los registros de voz. Y eso, en un mundo donde la privacidad ya es un lujo, es preocupante.

Otro caso llamativo: los dominios web. Una vez ayudé a un amigo a gestionar el de su padre, un fotógrafo amateur. El dominio estaba a nombre del fallecido y la empresa que lo albergaba exigía un poder notarial para transferirlo. Un trámite que, en medio del duelo, se sintió como una carrera de obstáculos.

¿Cómo hablar de esto sin que suene a frío?

La primera vez que planteé el tema con mi mujer, casi me mira como si hubiera perdido la cabeza. «¿En serio estamos hablando de contraseñas en medio de la cena?», me dijo. Pero la cosa es que no es un tema morboso, sino de cuidado. Igual que dejamos un testamento para nuestros bienes, podríamos dejar unas instrucciones para lo digital. No tiene por qué ser un documento frío. Puede ser algo así:

Si muero antes que tú, cierra mi cuenta de Spotify. No quiero que nadie siga escuchando mis playlists de los 80.

O incluso:

Si no puedes decidir con lo de Facebook, guárdalo todo en un disco duro y déjalo en el armario. Algún día lo revisaremos.

No suena a cosa de abogados, ¿verdad? Suena a personas tratando de no perderse del todo.

Preguntas que nadie hace (pero todos se hacen)

  • ¿Se puede heredar una cuenta de Bitcoin? Depende de si dejaste las claves. Sin ellas, los bitcoins se pierden para siempre.
  • ¿Qué pasa con los NFTs? Son propiedad intelectual, pero acceder a ellos requiere las claves privadas. Muchos se pierden en el intento.
  • Mi padre dejó un blog con miles de entradas. ¿Puedo monetizarlo? Solo si el testamento lo permite. Si no, es material protegido.

El legado digital como acto de rebeldía

Hay quien dice que borrar un perfil es como borrar a la persona. Pero también hay quien argumenta que mantenerlo vivo es una forma de tortura. Yo no tengo la respuesta, pero sí he visto cómo la tecnología puede servir para dos cosas opuestas: recordar o olvidar. Y ambas son necesarias, cada una a su tiempo.

En el Santuario de As Ermitas, donde el rumor del agua contra las piedras es lo único que rompe el silencio, uno entiende que la memoria no es un archivo en la nube. Es algo que llevamos dentro. Pero también es cierto que hoy la vida se desparrama por pantallas, y honrar a quien se fue incluye decidir qué hacemos con ese rastro. No es un trámite. Es un ritual.

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