El silencio pesa. Lo digo porque lo he pisado: en las laderas del Bibei, el viento es lo único que se mueve. Donde antes sonaban voces de labranza, campanas de iglesias y pasos de niños camino a la escuela, hoy solo queda ese rumor seco entre los robles. Los pueblos abandonados de la montaña ourensana son más que ruinas. Son archivos de memoria. Testimonios de una Galicia que se vació. Desde el Santuario de As Ermitas, que se asoma al cañón del río Bibei, propongo un viaje al corazón de ese patrimonio olvidado. La naturaleza recupera lo que el hombre dejó, y a veces, hay que verlo para entenderlo.
La despoblación en la montaña ourensana
¿Sabías que hay más de 200 aldeas completamente vacías en la comarca de Viana do Bolo, A Mezquita y la Alta Limia? La provincia de Ourense, sobre todo su zona sur y montañosa, ha perdido más población que casi ninguna otra en Galicia. La gente se fue: primero a América, luego a las ciudades industriales. Hoy, esos núcleos rurales son esqueletos de piedra. Muchos mantienen en pie sus construcciones, sus hórreos, sus fuentes. El paisaje es de melancolía, sí, pero también de una belleza que duele.
Causas históricas
El abandono no fue repentino. No, no lo fue. Durante el siglo XX, la mecanización del campo, la falta de servicios básicos, las crisis agrícolas… todo empujó a las familias a buscar otra vida lejos de estas montañas. Las carreteras de tierra, la ausencia de electricidad, la dureza del clima hicieron el resto. Pero en esas piedras que se desmoronan late una historia de autosuficiencia, de comunidad, de respeto por la tierra. Yo creo que merece la pena pararse a escucharla.
Pueblos que aún hablan: ejemplos y rutas
Algunos de estos pueblos son accesibles desde el Santuario. Te propongo tres visitas que a mí me marcaron. Son imprescindibles si quieres entender la memoria de esta tierra.
- A Seara — A pocos kilómetros del santuario, tiene una iglesia románica en ruinas. Me impactaron los escudos nobiliarios en las fachadas, medio borrados por la hiedra. Sus callejuelas empedradas están siendo devoradas por la maleza, pero aún se adivina la estructura de una sociedad agraria. El tiempo se ha detenido, pero no del todo.
- Penedo do Lobo — Un conjunto de viviendas de pizarra negra que casi se mimetizan con la roca. Es uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura popular de la serra do Xurés. No hay señalización, no hay servicios. La visita es un acto de descubrimiento personal. Como si el pueblo te eligiera a ti, no al revés.
- Vilar de Rei — El nombre promete, y el lugar no defrauda. Hoy solo lo habitan corzos y jabalíes. Destaca su fuente de tres caños y los restos de un molino harinero. El sendero hasta allí discurre paralelo al río Bibei, con vistas impresionantes del cañón. Lleva agua, que no hay nada.
Recomiendo calzado de montaña, agua y un mapa offline. La cobertura móvil aquí es prácticamente inexistente. No es broma.
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El monasterio donde estamos, el Santuario de As Ermitas, se alza en un balcón natural sobre el cañón del Bibei. Es del siglo XVIII, fue lugar de retiro para ermitaños, ahora es centro de espiritualidad y cultura. Yo he subido varias veces y siempre encuentro paz. Desde aquí sale una ruta circular de unas cinco horas que pasa por tres aldeas abandonadas. El contraste entre la arquitectura barroca del santuario y las ruinas de los pueblos te hace pensar en lo frágil que es todo.
Horarios de visita: de martes a domingo, de 10:00 a 13:00 y de 16:00 a 19:00. Entrada gratuita. Eso sí, mira la web antes de ir, que a veces cambian los horarios por celebraciones.
Cómo llegar: desde Ourense capital, toma la OU-536 hacia Verín. En A Gudiña, sigue por la OU-540 hasta el desvío señalizado hacia As Ermitas (unos 10 km de carretera de montaña, con curvas pero en buen estado). Hay aparcamiento gratuito junto al santuario.
Consejos para visitar los pueblos abandonados
- Respeto absoluto: no toques piedras, tejas ni objetos. Muchas aldeas son propiedad privada o están protegidas como patrimonio etnográfico. Si algo cae, que caiga solo.
- Seguridad: no entres en edificios en ruinas. Los techos pueden derrumbarse y los suelos están inestables. He visto a gente hacerlo y no es buena idea.
- Equipo: lleva calzado antideslizante, ropa de abrigo (incluso en verano), agua y algo de comida. No hay tiendas ni fuentes en los pueblos. Ni una fuente que funcione.
- Horario: sal temprano, antes de las 10:00, para evitar el calor y tener tiempo de regresar con luz. En invierno anochece a las 18:00 y no querrás quedarte a oscuras ahí.
- Fotografía: la luz de la mañana o del atardecer realza la textura de la piedra y la vegetación. Lleva batería extra. Te lo digo por experiencia.
Rutas recomendadas desde el santuario
Además de la ruta circular a las aldeas, hay otras opciones. Por ejemplo:
- Ruta de los molinos del Bibei: 8 km ida y vuelta, baja hasta el río donde se conservan tres molinos de agua. Si vas con niños, esta es la mejor. Es llana y bonita.
- Senda de las Ermitas: 2 km por el borde del cañón, con miradores sobre el valle. Muy accesible, con paneles interpretativos. Perfecta para una tarde tranquila.
- Camino de los contrabandistas: 12 km que conecta con la vecina comarca de Trás-os-Montes (Portugal). Atraviesa varios pueblos abandonados y requiere buena forma física. No es para todos, pero si te gusta caminar, es una pasada.
Todas las rutas están señalizadas con marcas blancas y amarillas. Puedes descargar tracks GPS en la oficina de turismo de A Gudiña.
Patrimonio y memoria: por qué visitar estos lugares
A mí recorrer un pueblo abandonado no me parece nostalgia. Es más bien reconocimiento. Cada piedra, cada puerta de madera carcomida, cada hórreo que aún sostiene sus vigas, cuenta una historia de esfuerzo y de comunidad. En la montaña ourensana, el abandono no ha borrado la dignidad de aquellos que vivieron aquí. Al pisar esas calles vacías, te conviertes en testigo de una Galicia que resiste en el recuerdo. El Santuario de As Ermitas, con su silencio cargado de oración, es el mejor aliado para esta introspección. Aquí, entre el barroco y la naturaleza, el pasado y el presente se funden en una experiencia que no es solo turismo. Es algo más.
Te animo a descubrir estos pueblos con respeto y calma. No busques emociones fuertes; busca la serenidad que solo los lugares olvidados pueden ofrecer. Lleva un cuaderno, anota lo que sientas, haz fotos con cuidado. Y al regresar al santuario, siéntate un momento en su claustro. Quizá oigas el eco de las voces que nunca se fueron del todo.
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